Un día cualquiera, decides pasar un agradable rato con tu pareja viendo muebles en un gran centro comercial. Queréis renovar un poco la cocina. Al entrar te sorprende el cambio entre el calor húmedo y agobiante del parking y el frío seco del interior. Mientras subes las escaleras piensas “el aire acondicionado está demasiado fuerte”. Empezáis a pasear tranquilamente entre los ambientes de muebles. Sin darte cuenta empiezas a sentir algo como que se te están enfriando los bronquios. Piensas “me voy a resfriar”. Sigues paseando pero intentas respirar más superficialmente para que desparezca la sensación de frío en los pulmones. Piensas “no hay ventanas, estamos respirando aire enlatado”. Sientes mucho frío y tus músculos poco a poco se van tensando. Estáis a medio recorrido de la primera planta, en los ambientes y accesorios de muebles de cocina. Tu pareja se detiene a mirar una bandeja para los cubiertos, es una de las cosas que queríais ver, pero ha dejado de interesarte tanto. Empiezas a sentir prisa por salir.
Visualizas el recorrido que queda hasta la salida de la tienda. ¡Todavía queda mucho hasta llegar a las escaleras y la planta baja completa! Piensas “no hay salidas laterales, tengo que hacer todo el recorrido hasta el final”
Notas un calambre debajo de la lengua que se extiende por la garganta hasta el estómago. Ahora ya tienes dificultades para respirar y para tragar saliva. Todos tus músculos están agarrotados y ya sólo quieres salir.
Piensas “no hay aire suficiente, no puedo respirar”. Intentas aparentar normalidad, que tu pareja no note nada, pero tratas de que no se entretenga a mirar nada, finges que no te gusta para seguir adelante sin deteneros. Sientes un hormigueo en las sienes y ves puntitos bailando frente a tus ojos. Piensas “me voy a desmayar”. Tu visión periférica se difumina y experimentas una visión de túnel. Ya habéis llegado a la caja. No has comprado casi nada de lo que tenías pensado. Entras en el parking y la sensación de calor y humedad de momento te conforta, pero enseguida piensas “¡no hay oxígeno!” y un nuevo calambre recorre tu interior.
En el coche te vas tranquilizando, hasta que llegáis a casa y todos los síntomas van desapareciendo. Piensas “en casa no puede ocurrir nada malo, estoy a salvo”
Durante algún día tendrás una sensación extraña de mareo o vértigo y no le das mayor importancia…. aparentemente.
Pero probablemente ya has empezado a inspeccionar inconscientemente tus sensaciones por miedo a que se repitan las desagradables. Precisamente esto es lo que puede provocar la aparición de las reacciones fisiológicas que estás intentando evitar y ocasionar otro episodio de ansiedad aguda.
La solución a este problema empieza por abordar simultáneamente la gestión de los síntomas fisiológicos y de aquello que los provoca.