La ansiedad (y emociones similares como el miedo, la fobia, la angustia, el pánico) se presenta como un conjunto de reacciones fisiológicas, cognitivas y conductuales en respuesta a la percepción de peligro.
Si este peligro es objetivamente real, la ansiedad es una reacción adaptativa que facilita el afrontamiento a la amenaza preservando nuestra seguridad.
Si el peligro percibido es imaginado las reacciones son las mismas pero no son adecuadas a la situación ya que no hay nada que de verdad nos esté amenazando.
Un ejemplo: vamos andando solos de noche por una calle mal iluminada y desierta. De repente vemos un hombre con una navaja en la mano que se acerca rápidamente hacia nosotros. La percepción de peligro es real.
Podemos reaccionar activamente, huyendo o atacando (poco aconsejable en este caso) y para esta disposición el corazón y la respiración se aceleran mandando sangre y oxígeno a los músculos para correr. La sangre abandona el estómago y la digestión para ir a los músculos con lo que la sensación es de vacío o nudo. Los pensamientos se aceleran buscando una solución y puede aparecer “visión de túnel” focalizando una vía de escape. Como la situación es inesperada se puede producir un efecto de desrealización o despersonalización que nos aleja de nosotros mismos, no podemos creer lo que nos está pasando.
Si la disposición es pasiva por habernos quedado paralizados o por habernos podido esconder, la sangre abandona los músculos, nos quedamos fríos y lívidos. La respiración se hace superficial y la garganta se tensa con sensación de nudo. Podemos pensar que vamos a desmayarnos.
Este mismo proceso se desencadena cuando nos encontramos en una situación objetivamente inofensiva pero que percibimos como peligrosa.
Un ascensor es una cabina sin ventanas en la que durante unos minutos estamos encerrados con otras personas. La percepción de alto grado de peligro es irracional ya que la probabilidad de quedar encerrados es baja y en caso de ocurrir no hay más que esperar pacientemente a que nos rescaten. No nos asfixiaremos ni seremos aplastados, en todo caso será desagradable y estaremos incómodos pero no muertos.
Si tenemos fobia a los ascensores podemos reaccionar con la misma ansiedad cuando subimos en uno que si nos atacara el agresor de la navaja.
Buscar una situación imaginaria realmente peligrosa y confrontarla con lo que nos está asustando sin causa objetiva ayuda a racionalizar y poner en su justa medida lo que hemos magnificado subjetivamente.
Aprender a racionalizar nuestras reacciones ante cualquier situación inofensiva que nos provoque ansiedad patológica, sea un examen, un centro comercial, un autobús lleno, el cine, un ascensor o la vida misma, es un primer paso hacia el conocimiento y control del trastorno.