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Isabel Armenteras Vilamala
Psicóloga Especialidad clínica


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Andrés llega a casa. En la puerta de la nevera hay una nota donde su pareja le dice que llegará tarde, que tiene que quedarse un rato más trabajando, que no le espere a cenar y que le quiere.

Respira hondo. No para relajarse, sino porque siente que se ahoga. Es la segunda vez, esta semana. ¡Ya está bien! Mucho trabajo, ¡ya!, y de copas con los compañeros… y con aquél… ¿cómo  se llama…? ¡Ernesto! Tan simpático él, ¡¡y a la caza!!

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Se prepara algo de cenar, pero no puede tragar gran cosa. Siente un nudo en el estómago, presión en las sienes y en los ojos, respira muy superficialmente y parece que se está mareando.

Finalmente se acuesta. No puede dormir, claro, pero cuando llega su pareja lo finge. Espera a que se duerma y se levanta. Huele la ropa, registra bolsillos, cartera, móvil,…no encuentra nada sospechoso, pero ¡puede haber borrado todas las pistas antes de entrar en casa!

A la mañana siguiente, Andrés está tenso y malhumorado. Su pareja le propone pasar el fin de semana en la playa, les irá bien para desconectar y relajarse. Él le responde cáusticamente ¿invitamos también a Ernestito para que te ayude a relajarte y desconectar? La pareja de Andrés suspira y se va a trabajar.

A Andrés le cuesta concentrarse en el trabajo. Sólo puede pensar en una cosa: su pareja le es infiel. Le arde la sangre. Aunque insista en lo contrario, aunque diga que le quiere, que sólo quiere estar con él, que son imaginaciones suyas.

Pero a pesar de su certeza, Andrés no puede demostrar nada. Así que sufre, mucho, siente odio, rencor, desconfianza, ira, y procura que su pareja se entere a conciencia. Para eso, pasa largas temporadas sin dirigirle la palabra, o hablándole lo mínimo y con el tono más agrio que puede. La insulta, la descalifica y le organiza escándalos cuando están con sus amigos, para hacerle quedar en evidencia, buscando complicidad. Y puede llegar a agredirle físicamente cuando la impotencia y la rabia que siente se desbordan. Vive en un mundo lleno de sospechas y desconfianza, centrado en controlar a su pareja.

La pareja de Andrés no tiene una vida fácil a su lado. Le quiere mucho, pero está pensando en separarse. En el trabajo tiene que hacer horas extras porque hay que entregar un trabajo importante y se siente sin ánimo y triste. Cuando llega a casa sólo encuentra mal humor, desplantes, críticas y gritos. Ernesto es un buen amigo, felizmente casado, que sabe escuchar, con el que puede desahogarse un poco. Necesitan ayuda, pero Andrés difícilmente lo reconocerá. La solución existe, pero no es sencilla.

Los celos excesivos son síntoma de un problema más profundo que conlleva inseguridad, baja autoestima, falta de confianza en uno mismo, en las propias capacidades y en el valor personal.                   Abordar el problema con una terapia de pareja parecería lo más adecuado, pero un celoso como Andrés, primero debería aceptar que tiene un problema y estar dispuesto a atravesar su proceso de cambio personal junto con su pareja, compartiendo sus miedos, dudas e inseguridad. Esta disposición al cambio puede ser difícil, ya que la persona celosa suele atribuir su malestar y su sufrimiento al comportamiento del otro, justificando así su sistema de pensar y sentir.

Por esto puede dar mejores resultados empezar con una psicoterapia por separado, en la que el celoso podrá ir reconociendo poco a poco  en sí mismo el funcionamiento de su problema y aprendiendo pautas de conducta y de pensamiento adecuadas. La pareja recibirá apoyo para comprender el problema y adquirir  la actitud conveniente que ayudará al celoso a utilizar las nuevas herramientas que estará  incorporando. También es frecuente que la pareja del celoso haya llegado a creer que es responsable-culpable de las dificultades de la relación, por lo que será necesario el refuerzo de su autoestima y autonomía personal. En este punto ya se podría empezar a trabajar las sesiones en pareja para cohesionar en común los cambios que cada uno habrá experimentado por separado.

En el caso de que el celoso no aceptara ningún tipo de intervención, la pareja necesitará ayuda para decidir lo que más le conviene hacer, pero en ningún caso aceptar o resignarse a la convivencia con una persona que no respete su libertad personal.

 

 

 

 

 

 

El sexo y el maltrato psicológico


El objetivo de un maltratador es la destrucción sistemática de la dignidad y autoestima de la víctima para conseguir el control absoluto sobre ella.

Entre otros puntos vulnerables de ataque está la autoestima sexual.
La destrucción de la seguridad en el propio atractivo sexual puede empezar con algo tan sutil como poner motes inocentemente “cariñosos” referentes a algo que preocupa o molesta a la víctima: naranjita, si ella cree que tiene celulitis, gordi, si le preocupa su peso, cacahuetillo, o rabito de cerdo si él sufre por el tamaño de su pene…Si es algo esporádico y no se acompaña de otros indicadores puede ser  buena intención para quitar importancia a un complejo absurdo o una impertinencia sin mayor importancia. Pero si estos motes se emplean reiteradamente, sobre todo en público y a pesar de que la víctima haya expresado su malestar por recibirlos ya pasa a ser un acto de maltrato psicológico.
A partir de aquí entramos en términos más contundentes y aparecen las descalificaciones y comparaciones (en privado y en público) como “con esa blusa se te ven las tetas tan caídas que tienes”, “tu amiga sí que se mantiene bien, no como tú que pareces una foca”, “con esa barriga que has criado ni te la ves, pero para lo que hay que ver…”.
Y se sigue con rechazos, privación de contacto físico o demostraciones de cariño.
Las relaciones sexuales se llevan a cabo pero la víctima pasa a ser un objeto a disposición de la apetencia y el estado de ánimo de su pareja que
para conseguir su objetivo la manipulará  con acercamientos afectivos de los que le priva normalmente hasta que ceda. Una vez logrado, el rechazo será inmediato y demoledor, ”aparta, déjame descansar” ,”quítate de encima que apestas”
Junto con otras nocivas estrategias, el maltratador consigue que la victima asuma un estado de sumisión y dependencia  (¿quién más va a querer estar con alguien tan poco atractivo?)  que le hace imposible por sí misma escapar de la situación.
Debemos aprender a detectar, evitar y eliminar este tipo de conducta en nuestras propias relaciones y rechazarla en las de los demás.
La escena que sigue pertenece a la pelicula Corazón salvaje.
Los motes y las frases utilizadas en este post son reales.

El verdadero significado de esta canción (traducción-interpretación)
Frecuentemente, al destinatario-a de la canción, al que llamaremos Cándid@ , le he tenido yo en mi consulta llevando su autoestima y su autoimagen arrastrando dentro de un saquito sucio y pequeño, con ataques de ansiedad , desorientación y preocupantes síntomas depresivos. Después de largas e intensas sesiones en las que se ha desesperado, llorado, cuestionado, comprendido y por fin reafirmado en su identidad, su voluntad de superación, su independencia y consigue ir reorganizando su vida, Cantante reaparece en escena cantado esta canción:
“Perdón si no supe decir
Que lo que eras todo para mí
Perdón por el dolor.”

Perdóname por ir a mi aire y pasar de ti, a pesar de ser completamente consciente de que te estaba machacando. Es que soy así, no me sé expresar. Pero, aunque no lo demuestre, incluso aunque te parezca todo lo contrario, te quiero mucho, eh! Sigue leyendo

La ansiedad (y emociones similares como el miedo, la fobia, la angustia, el pánico) se presenta como un conjunto de reacciones fisiológicas, cognitivas y conductuales en respuesta a la percepción de peligro.
Si este peligro es objetivamente real, la ansiedad es una reacción adaptativa que facilita el afrontamiento a la amenaza preservando nuestra seguridad.
Si el peligro percibido es imaginado las reacciones son las mismas pero no son adecuadas a la situación ya que no hay nada que de verdad nos esté amenazando.
Un ejemplo: vamos andando solos de noche, por una calle mal iluminada y desierta. De repente vemos un hombre con una navaja en la mano que se acerca rápidamente hacia nosotros. La percepción de peligro es real.
Podemos reaccionar activamente, huyendo o atacando (poco aconsejable en este caso) y para esta disposición el corazón y la respiración se aceleran mandando sangre y oxígeno a los músculos para correr. La sangre abandona el estómago y la digestión para ir a los músculos con lo que la sensación es de vacío o nudo. Los pensamientos se aceleran buscando una solución y puede aparecer “visión de túnel” focalizando una vía de escape. Como la situación es inesperada se puede producir un efecto de desrealización o despersonalización que nos aleja de nosotros mismos, no podemos creer lo que nos está pasando.

Si la disposición es pasiva por habernos quedado paralizados o por habernos podido esconder, la sangre abandona los músculos, nos quedamos fríos y lívidos. La respiración se hace superficial y la garganta se tensa con sensación de nudo. Podemos pensar que vamos a desmayarnos.
Este mismo proceso se desencadena cuando nos encontramos en una situación objetivamente inofensiva pero que percibimos como peligrosa.
Un ascensor es una cabina sin ventanas en la que durante unos minutos estamos encerrados con otras personas. La percepción de alto grado de peligro es irracional ya que la probabilidad de quedar encerrados es baja y en caso de ocurrir no hay más que esperar pacientemente a que nos rescaten. No nos asfixiaremos ni seremos aplastados, en todo caso será desagradable y estaremos incómodos pero no muertos.
Si tenemos fobia a los ascensores podemos reaccionar con la misma ansiedad cuando subimos en uno que si nos atacara el agresor de la navaja.
Buscar una situación imaginaria realmente peligrosa y confrontarla con lo que nos está asustando sin causa objetiva ayuda a racionalizar y poner en su justa medida lo que hemos magnificado subjetivamente.
Aprender a racionalizar nuestras reacciones ante cualquier situación inofensiva que nos provoque ansiedad patológica, sea un examen, un centro comercial, un autobús lleno, el cine, un ascensor o la vida misma, es un primer paso hacia el conocimiento y control del trastorno.

La ansiedad y las relaciones de pareja son dos dimensiones que suelen estar interrelacionadas y puede ser difícil saber cuál es la que interfiere en una o provoca la otra.

Cuando hay un trastorno de ansiedad las relaciones de pareja pueden resentirse y cuando las relaciones son problemáticas casi siempre aparecen síntomas de ansiedad.
Uno de los síntomas de ansiedad directamente ligado a las relaciones problemáticas son los pensamientos obsesivos que a su vez conllevan conductas y actitudes nocivas hacia la pareja.
La persona que siente un miedo desproporcionado a que su pareja deje de amarle o le engañe con otra persona genera celos, inseguridad, dependencia y  estados de ansiedad fisiológica elevados. Esto se puede traducir en control obsesivo, demandas y expresiones de afecto constantes o agresiones sin causa real aparente, todo ello acentuando el problema que pretende evitar.
Por otra parte, convivir o mantener una relación con una persona que sufra un trastorno de ansiedad supone una dificultad que no todo el mundo está dispuesto o preparado para superar, apareciendo conflictos frecuentemente por falta de comprensión del problema.
Tanto si se trata de cualquier tipo de trastorno de ansiedad (generalizada, fobia social, agorafobia) como si está directamente vinculada con la relación, para prevenir que interfiera en la buena salud de nuestra relación de pareja o para que, en caso de dificultades con ésta poder afrontar la situación con la mayor serenidad posible, hay que aprender a conocer y controlar los síntomas fisiológicos, emocionales y cognitivos que nos permitirán tener un buen autocontrol personal y mejor equilibrio relacional. Para ello, si estás en situación de prevenir debes estar alerta a cualquier señal discordante para ponerle remedio enseguida. Si estás en situación de curar, pide ayuda y ponte a trabajar ya.
Y sobre todo, vive conscientemente y presta atención tanto a tu interior como a los que te rodean.

Una de las estrategias para afrontar el trastorno de ansiedad con éxito consiste en experimentar un cambio de actitud y disposición hacia el problema. Un cambio de conciencia.
Los síntomas psicofisiológicos de la ansiedad patológica son intensos, de frecuencia y duración alta y suelen cronificarse en el tiempo.
La percepción de indefensión ante los mismos síntomas tiene un impacto negativo en todas las áreas vitales de la persona, pudiendo llevar a incapacidades y deterioros profundos en la autonomía y la calidad de vida.
La persona que tiene un trastorno de ansiedad vive sumida en un torbellino de sensaciones, emociones y pensamientos que no controla, frecuentemente centrada en sí misma y su problema, perdiendo la perspectiva de la situación.
Como metáfora podemos imaginar a una persona que haciendo rafting por un rio se cae de la balsa, el agua baja rápida y en remolinos y ella empieza a ahogarse sintiéndose víctima de una situación incontrolable y presa del pánico. El monitor de la balsa alarga el brazo dentro del agua, agarra a la persona por el salvavidas y la pone en pie. El agua sólo le llega a la cintura. Tras unos momentos para comprender lo que ha ocurrido, la persona puede volver a subir a la balsa y seguir adelante.
Salir del caos que suele suponer un trastorno de ansiedad pasa por tomar conciencia del problema en todas sus facetas.
Pararse y tomar el control. Decidir actuar y dirigir activamente las acciones y cambios que llevan a superar el problema.
Tomar conciencia implica la capacidad de poder comprender y observar desde un plano más objetivo lo que ocurre en nuestro interior.

Conciencia de los síntomas fisiológicos, de que su magnitud es subjetiva y por lo tanto susceptible de modulación y ajuste.
Conciencia de las emociones negativas que acompañan a determinadas percepciones. Saber que con práctica se pueden cambiar voluntariamente.
Conciencia de las consecuencias negativas que mantener ciertas actitudes tiene sobre el propio entorno físico, emocional y social.
Conciencia de que las soluciones existen y que con esfuerzo y voluntad siempre mejorarán la situación.
Ser conscientes de las ventajas que los cambios que se practiquen tendrán sobre todos los aspectos de la vida. Esta es la fuente principal de motivación e impulso.
Como en la metáfora anterior, un psicólogo puede ayudarte a levantar, empezar a comprender el problema en términos y dimensiones modificables y poner medios para controlarlo.
No es fácil ni inmediato, pero funciona.

Un día cualquiera, decides pasar un agradable rato con tu pareja viendo muebles en Ikea. Queréis renovar un poco la cocina. Te sorprende el cambio entre el calor húmedo y agobiante del parking y el frío seco del interior. Mientras subes las escaleras piensas “el aire acondicionado está demasiado fuerte”. Empezáis a pasear tranquilamente entre los ambientes de muebles. Sin darte cuenta empiezas a sentir algo como que se te están enfriando los bronquios. Piensas “me voy a resfriar”. Sigues paseando pero intentas respirar más superficialmente para que desparezca la sensación de frío en los pulmones. Piensas “no hay ventanas, estamos respirando aire enlatado”.Sientes mucho frío y tus músculos poco a poco se van tensando. Estáis a medio recorrido de la primera planta, en los ambientes y accesorios de muebles de cocina. Tu pareja se detiene a mirar una bandeja para los cubiertos, es una de las cosas que queríais ver, pero ha dejado de interesarte tanto. Empiezas a sentir prisa por salir.
Visualizas el recorrido que queda hasta la salida de la tienda. ¡Todavía queda mucho hasta llegar a las escaleras y la planta baja completa! Piensas “no hay salidas laterales, tengo que hacer todo el recorrido hasta el final”
Notas un calambre debajo de la lengua que se extiende por la garganta hasta el estómago. Ahora ya tienes dificultades para respirar y para tragar saliva.
Todos tus músculos están agarrotados y ya sólo quieres salir.
Piensas “no hay aire suficiente, no puedo respirar”.Intentas aparentar normalidad, que tu pareja no note nada, pero tratas de que no se entretenga a mirar nada, finges que no te gusta para seguir adelante sin deteneros. Sientes un hormigueo en las sienes y ves puntitos bailando frente a tus ojos. Piensas “me voy a desmayar”. Tu visión periférica se difumina y experimentas una visión de túnel. Ya habéis llegado a la caja. No has comprado casi nada de lo que tenías pensado. Entras en el parking y la sensación de calor y humedad de momento te conforta, pero enseguida piensas “¡no hay oxígeno!” y un nuevo calambre recorre tu interior.
En el coche te vas tranquilizando, hasta que llegáis a casa y todos los síntomas desaparecen. Piensas “en casa no puede ocurrir nada malo, estoy a salvo”
Durante algún día tendrás una sensación extraña, pero no le das importancia….de momento.


El maltrato físico es fácil de detectar: un zarandeo, un apretón en el brazo, un cachete, un tirón de pelo….aunque pueda empezar pareciendo un juego.

El maltrato psicológico es más sutil y puede incluso llegar a considerarse algo normal y justificable.
Al inicio de una relación hay actitudes que se pueden percibir como halagadoras, románticas o atractivas, sean manifestaciones de posesividad (eres sólo mí@), de dependencia (no puedo vivir sin ti), incluso amenazas de suicidio (si me dejas me mataré), y caracteres “fuertes”o “difíciles” (yo no  me callo nada, soy muy impulsiv@ y reacciono sin pensar, conmigo no se juega, yo soy así)
Con el paso del tiempo se van estableciendo patrones de conducta y roles que partiendo de esas manifestaciones iniciales pueden degenerar en una relación asimétrica en la que hay un miembro dominante que toma el control de la vida del otro sometiéndolo a su voluntad.
Es importante la detección temprana de una relación de este tipo para poder concienciar a la víctima de su situación y dotarla de estrategias de afrontamiento reforzando su autoestima y su identidad.
La Semana de la Moda de Milán ha excluido del desfile a la diseñadora  Elena Miró por sus modelos de tallas grandes, o sea la talla 44 italiana o 42 española (¡la  mayoría de nosotras!)
Curiosa decisión ya que la tendencia de otras importantes pasarelas es incluir, aunque sea en otra categoría, modelos de tallas mayores. Pero crear esta polémica no deja de ser una forma de publicidad para vender una imagen de elitismo y exclusividad.
Lo grave de estas campañas es la incidencia que tiene en un sector de población muy susceptible a identificarse con el aura de este mundo artificial en el que la  delgadez extrema es el único patrón de belleza aceptable.
La causa de la anorexia es multifactorial: genética, hormonas, determinados rasgos de personalidad, patrones  emocionales, factores ambientales y tendencias sociales como la promoción del tipo de mujer superdelgada que se identifica con la belleza y el éxito. Y todo ello conduce a las chicas (adolescentes y adultas jóvenes en su mayoría) a la arraigada convicción de que el objetivo absoluto es alcanzar esa imagen ideal que les han inoculado.
 
El tratamiento de la anorexia es largo y difícil, y aunque los casos se resuelvan con éxito, las secuelas físicas y psicológicas pueden persistir toda la vida.
La detección temprana del problema es crucial, pero más importante es la prevención desde la infancia, con unos hábitos de vida saludables, una buena autoestima y el  fomento de la autonomía moral y de juicio.
 
 
Afortunadamente, en contraposición a esta esclavitud de los patrones de la  moda y la belleza hay quien desarrolla buenas defensas, y aunque la pintada en el escaparate no sea una forma muy cívica de manifestarlo, no deja de tener su gracia reivindicativa.